ABASCAL, PERSONA NON GRATA

Los ejércitos digitales de la derecha más derecha han tocado a rebato y se han volcado en tromba sobre la derecha madre, la de toda la vida, a cuenta de la abstención de esta última en la votación sobre la propuesta de nombramiento de persona non-grata para Santiago Abascal en la ciudad autónoma de Ceuta, promovida por las izquierdas. La posición adoptada por el PP ceutí, que además gobierna allí, decantó finalmente el resultado hacia la aprobación de la  propuesta, y ha desatado las iras de los voxeros y algún otro sector aledaño, hasta el punto de que su portavoz ha anunciado solemnemente la ruptura de relaciones.

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BENDITOS SÁDICOS

Como tantos, soy usuario con cuenta en la red social Twitter, entre otras razones porque a través de esta y otras útiles herramientas que nos ha dado la tecnología, muchas personas a las que por los conductos tradicionales nunca llegaría pueden leer ahora mis artículos, a la vez que yo puedo acceder a contenidos que, seguro, no conocería sin esa ayuda imprescindible. Es lo bueno de las redes sociales, un magnífico invento si se utilizan bien… que sin embargo puede convertirse en una tortura (de verdad) cuando caen presas de las miserias morales, la falta de educación o la simple estupidez.

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INFLACIÓN DE NOTAS

La publicación de las notas de corte para acceder a las diferentes carreras universitarias que se ofertan por nuestras facultades y escuelas ha confirmado lo que ya se venía adelantando por los medios: la media de la notas a  vuelto a crecer, dándose la circunstancia de que para algunas carreras, sobre todo de Ciencias, el sufrido aspirante tiene que sacar casi la máxima nota, tanto en el bachillerato como en las pruebas de acceso a la universidad (vulgo selectividad).

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LA MEJOR PLAZA PARA MONTESEIRÍN

De todos los alcaldes que hemos conocido, se puede afirmar que el que menos simpatía despierta, en general, es Alfredo Sánchez Monteseirín. Y no precisamente por ser del Partido Socialista. Manuel del valle, e incluso Juan Espadas, del mismo partido, generan un aprecio mucho mayor, sobre todo el primero, cuya figura se fue agrandando conforme pasaban los años, aunque quizás más por su perfil de socialdemócrata moderado de la vieja guardia que estrictamente por su gestión municipal.

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LA CIUDAD INVISIBLE

El escritor y farmacéutico Manuel Machuca, buen conocedor de las miserias que van percutiendo casi desde su creación la débil estructura social y económica a las Tres Mil, le señalaba a Luis Sánchez-Moliní como una de las causas de su progresiva degradación la ausencia de mezcla de clases sociales, de manera que no existe en el barrio un modelo o referente al que los vecinos puedan emular en la búsqueda de un futuro mejor.

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ESPAÑA SENTIMENTAL

En la interesante entrevista publicada por nuestro periódico este pasado domingo, el ensayista y escritor Sergio del Molino, autor del influyente y muy invocado ensayo La España Vacía, con certera lucidez dejaba caer una crítica al exceso de sentimentalismo que rodea la política española, rematando con una frase que, por su expresividad, cito textualmente: “la democracia liberal está siendo asaltada por discursos profundamente emocionales”. No puedo estar más de acuerdo.

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LA ANDALUCÍA DE MANUEL CLAVERO

Hace ya unos años, le leí al influyente analista político catalán Enric Juliana algo así como, cito de memoria, que el verdadero hecho diferencial español no era el catalán, ni siquiera el vasco, sino Andalucía. Se refería el periodista de La Vanguardia a la firme posición mantenida por nuestra región durante el sinuoso periodo de conformación del estado de las autonomías y que definitivamente dejó marcado el camino con su rechazo a esa España de dos velocidades patrocinada por las élites políticas y económicas de Madrid para arriba.

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OBSESIONES FRANQUISTAS

El Consejo del Poder Judicial, por amplia mayoría, se ha mostrado disconforme con la intención del Gobierno de ilegalizar la Fundación Francisco Franco utilizando la vía de la Ley de Memoria Democrática que, a trancas y barrancas, anda perpetrando. La exaltación del Franquismo, sin el requisito adicional del menosprecio o la humillación de las víctimas, por muy alejada que esté de los valores constitucionales que comparte la mayoría, no constituye por sí un delito de odio, sino que entra en el terreno de la libertad de expresión de las ideas, vienen a sostener los jueces, con bastante mejor criterio y mucho más sentido común que el que vienen demostrando ciertos miembros del Gobierno y sus terminales mediáticas.

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EXALTACIÓN EUCARÍSTICA DE LA SACRAMENTAL DEL SAGRARIO

I.-

Caía la tarde sobre la primera primavera de Jerusalén en la fiesta grande de la Pascua, pero nadie podía entonces alcanzar a comprender que allí, en un discreto cenáculo oculto en una modesta casa junto al Monte Sión, justo encima de donde todavía hoy entonan los judíos sus letanías ante la tumba del Rey David, daría comienzo una sucesión de  hechos y emociones destinados a cambiar el rumbo del mundo.

Podríamos imaginar la expectación sincera de aquellos hombres sencillos de Galilea llegando en completo sigilo a la habitación en penumbra, cedida para la ocasión por un propietario bueno. Antes, su dueño habría preparado con mimo el terreno, limpiando el suelo de loza y dejando sobre él las alfombras, los divanes y los cojines que rodeaban la mesa.

Los dos mayores del grupo se habrían adelantado para hacerse con lo necesario para la cena: en el mercado comprarían un buen cordero de tamaño suficiente para trece personas, que sería degollado en uno de los sacrificios del templo de acuerdo con el rito; el pan sin levadura de los judíos; la ensalada de hierbas amargas que después mojarían en el cuenco con vinagre; y el vino, adquirido a los levitas del templo, al que añadirían un quinto de agua como mandaba la ley.

Habría que estar allí para admirar su expectación creciente cuando oyeron las trompetas del templo que anunciaban la inminencia de la fiesta, su impaciencia cuando sintieron los pasos cadenciosos en la escalera, su emoción al ver entrar uno a uno a sus compañeros antes de que, como una aparición, ocupara su lugar el Maestro.

Cuentan que aquella tarde los apóstoles lo habían encontrado más silencioso que de costumbre, como si estuviese preocupado por alguna razón que ellos no alcanzaban a comprender.

Por eso le inquirían con la mirada, temerosos, tensos, expectantes, esperando una señal de alegría o tristeza para guiar sus sentimientos, como las ovejas que, cuando suenan truenos y relámpagos, no miran al cielo sino a su pastor.

Podemos imaginar la incredulidad de aquellos hombres sin cultura cuando el Maestro comenzó a hablarles del pan y del vino, de su cuerpo y de su sangre, en un lenguaje lleno de signos y misterios que no lograrían entender en toda su extensión hasta tres días más tarde.

Porque lo que sucedió aquella noche en una casa judía de Jerusalén sobrepasa el concepto mundano de las cosas, y no solo para los que allí estuvieron, sino que también nos interroga a todos nosotros cada vez que nos reunimos para celebrar estos misterios. Cómo en tan corto espacio de tiempo se pueden producir hechos tan extraordinarios, cómo se puede pasar en un instante de lo extravagante a lo sublime.

Pocas expresiones más descarnadas sobre la humildad y la solidaridad llevada al extremo que la escena del lavatorio. ¿Cómo es que el líder se abaja a lavar los pies a sus discípulos, como si él fuera el esclavo y ellos los señores? Se preguntaban entonces los anonadados apóstoles y hoy lo seguimos haciendo nosotros con Pedro, habituados como estamos a poner el éxito por encima de cualquier cosa.

Pocas escenas más explícitas sobre la traición como el diálogo de Jesús con el Iscariote. En el silencio de la noche, contrasta la serenidad del Maestro con el temblor del que se sabe delator del justo sin motivo, entre la nerviosa inquietud de los demás. Habría que estar allí para contemplar la mano vacilante del traidor mojando el pan en la salsa amarga, confirmando su derrota en lo más hondo de su ser, que el evangelista rematará con una frase demoledora: “en aquel momento, Satanás entró en él”.

Pero hubo aquella noche una hermosa contradicción que lo cambiará todo: en esa atmósfera de despedida y melancolía, se abre sin embargo como una luz un tiempo nuevo. Podemos imaginar el asombro de los apóstoles cuando Jesús ofrece el pan y el vino, como su cuerpo y su sangre, y se los da de comer y de beber, instituyendo por vez primera la Eucaristía y ordenando los primeros sacerdotes, con el mandato claro y sereno de repetirlo hasta el final de los tiempos: “haced esto en conmemoración mía”.

Todo el misterio de Jesús está condensado en la última cena.

Este y no otro es, como hermandad sacramental, al mismo tiempo nuestro fin y nuestro legado. Hacer hoy, con todos nuestros avatares y problemas a cuestas, lo que aquellos elegidos de Galilea empezaron a conmemorar en una casa judía la noche grande de la Pascua.       

II.-

Sr. Párroco del Sagrario

Sr. Presidente de la Archicofradía Sacramental

Queridos amigos

Agradezco a mi presidente, Guillermo Mira, y a todos los amigos de su junta de gobierno, su generosa designación para que hoy esté aquí para hablarlos de la Eucaristía, de nuestra querida Hermandad y de la festividad del Corpus Christie que todos estamos deseando volver a celebrar en toda su inmensidad, que es, en realidad, el camino más recto para hablaros de Sevilla.

Y hacerlo además delante de nuestra patrona la Virgen de los Reyes, en la parte más renacentista de la Catedral. Porque, como tiene escrito el profesor Morales Padrón, “entrar en la catedral es comenzar a recibir una completa lección de historia sevillana, muda y elocuente, que de todas partes nos dice algo”.

Si en toda familia existen signos, códigos más o menos ocultos, o palabras que conforman su identidad y pertenencia (en la mía, la fábrica, el Puerto, Santa Cruz, Regla…) decir aquí en voz alta Sacramental es casi la mejor forma de definir la estirpe de donde venimos.

Es hablar de sencillez y armonía, de tradición y seriedad, de religión y cultura.

Es evocar al abuelo que la presidió y que yo nunca conocí, pero del que me constan su entrega y fidelidad con la Hermandad; es recordar a mi tío Enrique, tan sevillano en el mejor sentido de la palabra, siempre preocupado por mantener su personalidad y esencia; es como ver otra vez a mi padre, alto y serio, tan elegante con su chaqué, saliendo de casa para asistir puntual a su cita ineludible con los Oficios.

Viene ahora a mi memoria aquel verano, recién sacado yo el carnet de conducir, cuando lo recogí a las dos de la madrugada después de una cena en casa de unos amigos para venirnos los dos a Sevilla, y estar a las ocho en punto en la Puerta de Palos junto a la Virgen de los Reyes. O de aquel Corpus de ese tiempo, primero en el que saqué el farol de la Custodia después de que él me lo entregara en la esquina de Cuna con Cerrajería.

Un “capillita del Corpus”, como escribió de él su amigo Antonio Burgos, que sin embargo no pudo ver, ay, a sus nietos jurando las reglas de la Archicofradía, ni al mayor de los dos abriendo la procesión en cualquier mañana jubilosa de campanas, con lo que le gustaba a él la procesión de niños carráncanos, tan nuestra.

Por eso es tan importante para mí estar hoy aquí con vosotros hablando del Corpus, de Dios, de Sevilla, que es casi lo mismo que decir hablando de nosotros. De lo mejor que nos han dejado, lo mismo que quisiera yo dejar a los que nos seguirán.

III.-

Decía al principio que hablar del Corpus es la mejor forma de hacerlo de Sevilla. Y antes que yo, muchos mucho más preparados lo hicieron.

Escribía el historiador Vicente Lleó, recientemente fallecido, que el hecho de que todavía hoy ese “jueves que reluce más que el sol” siga atrayendo a millares de sevillanos, constituye la prueba más fehaciente  de que la fiesta grande por antonomasia sigue viva.  

Y ciertamente debió de ser impresionante el grado de esplendor alcanzado en los siglos modernos, cuando Sevilla era el eje del mundo y puerto principal de Indias, y gracias al maná de las colonias la ciudad vivió las cotas más altas de magnificencia.

Esa conjunción de riqueza e inversión, junto al empuje contra-reformista de Trento, le da a la fiesta ese aire triunfal y ostentoso propio de la España de Carlos V. Aquí, además, aderezada por la fuerte impronta de la religiosidad popular y los procesos de inculturación que le son propios, la fuerza de los gremios y la pujanza aristocrática de la Iglesia, uniendo lo sagrado y lo profano, en una mezcolanza propia de la fiesta antigua que progresivamente se iría matizando.

Ya entonces, en esa Sevilla cervantina de pillos, clérigos y nobles, encontramos menciones a nuestra archicofradía Sacramental en la procesión junto a las cofradías de sangre y las de disciplina. Los cronistas nos hablan de “la (hermandad) del Santo Sacramento del Sagrario, con infinito número de cofrades, el guión y doce niños muy bien aderezados, con sus cirios colorados que es el color de la cofradía, en memoria de la sangre de nuestro señor Jesucristo (…)”.

De la suntuosidad y esplendor de la fiesta dan cuenta muchos escritores y cronistas de aquellos siglos, pero quizá el testimonio más preciso y fiel  sea la rica descripción que recrea nuestro José María Blanco White, en la novena de sus imprescindibles Cartas de España que, salvo en sus alusiones a aspectos puramente profanos como la tarasca ya desaparecidos, no difiere demasiado de la estampa de hoy:

“Tan larga es la procesión y su paso tan lento y solemne – escribe Blanco- que tarda una hora en salir de la Catedral. Las calles están adornadas con colgaduras con mayor gusto que durante las procesiones de Semana Santa y cubiertas a lo largo de todo el recorrido con gruesos toldos que la guardan del sol; el pavimento alfombrado de juncia; la salida de la hostia consagrada es extraordinariamente impresionante (…) en cuanto aparece en la puerta de la Catedral las campanas anuncian su presencia con un repique ensordecedor; las bandas militares mezclan sus vibrantes notas con los solemnes himnos de los cantores, nubes de incienso suben ante el móvil santuario, mientras que las voces de mando se confunden con el ruido de las armas que los soldados, de rodillas, rinden a tierra (…); la muchedumbre, que llena calles y ventanas, se arrodilla en profunda adoración; una lluvia de flores cae desde las ventanas”.

Posiblemente ese elemento de esplendor, unión insuperable de lo popular con lo religioso en lo más hondo de la Ciudad, tan finamente descrito por Blanco desde la lejana Inglaterra a principios del XIX, es lo que llevará a otro sevillano ilustre, Gustavo Adolfo Becquer, a rematar ya avanzado el siglo:

 “Es ésta la fiesta que tiene más y responde mejor a las costumbres de sus habitantes y a la fisionomía especial de la población… El Corpus, todo luz, flores, majestad, riqueza y armonía, está más acorde con el alma sevillana”. 

IV.-

Es esta conexión con el alma sevillana apuntada por Becquer una de las claves de la fiesta del Corpus, a la que habría que añadir otra sin la que tampoco se entiende: la Ciudad como punta de lanza de la cristiandad.

Quizá fuera el escritor y periodista Manuel Chaves Nogales quien con intuición y conocimiento mejor lo haya expresado. “Sevilla es profundamente cristiana, todo en ella lo hizo el cristianismo”, dirá.

Y lo sigue siendo, decimos nosotros.

Sevilla conserva su esencia cristiana cuando entrando con San Fernando el arte nuevo y la belleza del cristianismo, no se limita a quedarse quieta ante la inmensa catedral que le alzan ante sus ojos, sino que se echa para adelante orgullosa con el arte incomparable de Murillo, de Velázquez, de Valdés Leal, de Montañés, de Mesa, de Roldán…

En la imagen extraordinaria de nuestro niño Jesús de Martínez Montañés se resume el mejor legado de toda esa Sevilla exuberante del barroco que nos llega en brazos de la mejor cultura popular, y tenemos la suerte de tenerlo aquí junto a nosotros, todo el año, y acompañarlo en la procesión a muy pocos metros de la custodia con Jesús Sacramentado, como la hermosa metáfora de vida que es el tránsito entre la mirada inocente del niño Dios que evoca sobre todo ternura y alegría, a la majestuosa presencia de ese mismo Dios resucitado que se nos aparece entre honores en la espléndida custodia de Arfe.

Precursoras de ese cristianismo sevillano del que hablamos son las santas alfareras, Santa Justa y Santa Rufina, mártires trianeras abrazadas a la Giralda; Sevilla es profundamente cristiana en el empuje arrebatador de San Leandro, obispo y estadista, fundador de conventos y convertidor de reyes, y en el magisterio ilimitado de su hermano y sucesor San Isidoro, doctor de la Iglesia; Sevilla es, además, mariana, y primera defensora del dogma de la Inmaculada. La esencia cristiana de la Ciudad se completa en la procesión con la feliz incorporación de Santa Ángela, la madre de los pobres, la que sigue inspirando la vida de tantos sevillanos.

V.-

Todo esto de lo que hemos hablado, el origen bajo-medieval y la explosión exuberante del Barroco, el oro de las Indias, la inercia favorecedora de la contrarreforma, la fuerza de la religiosidad popular, el genio de sus artistas, la herencia romántica, el componente institucional de la Ciudad, su asentado cristianismo de siglos, sigue muy presente en la celebración de la fiesta del Corpus, pero, con mucho, no es lo más importante.

Lo que celebramos estos días es la presencia de Dios entre nosotros cuando, por decirlo en palabras de Rafael Laffón, “a cuerpo se echa a la calle”, y a partir de ahí se hace presente en el tañir gozoso de las campanas de la torre grande; en el andar apresurado de los cofrades que apuran su café y marchan calle Hernando Colón abajo para unirse con los suyos junto al Patio de los Naranjos; en los altares efímeros de Sierpes, El Salvador y Francos; en las danzas de los niños seises con coplas de Muñoz y Pabón; en las abuelas que enseñan a sus nietos a arrodillarse cuando pasa el Santísimo en su custodia de plata, como un reflejo divino en la mañana más sevillana con el aroma de trigo de la campiña y uvas del Aljarafe.

El Corpus es, sobre todo, un regalo de Dios, otro más, que aquí más que en ningún sitio nos viene dado además con lo mejor de toda la tradición que la Ciudad ha ido atesorando a lo largo del tiempo. Un hermoso legado que nos enseñaron y nosotros debemos enseñar. Una fe que tenemos la suerte de vivir en nuestra hermandad, en nuestra casa, en nuestra vida.

Empezaba este discurso rememorando aquella cena en un cenáculo oculto de Jerusalén que lo cambió todo. Hagamos como aquellos hombres buenos de Galilea, que creyeron en él y salieron a dar testimonio.

Que, como nos dice el Papa Francisco, “la Eucaristía nos haga porteadores de Dios, portadores de la alegría”. Contamos, además, con una ventaja: ellos, hombres apasionados sin cultura, se fiaron de Dios sin saber nada; nosotros, cristianos formados en la fe, lo sabemos ya casi todo.

Quisiera terminar al modo de nuestra querida hermandad Sacramental, lo que justifica su existencia y el misterio que conmemora, lo que Jesús dio a conocer a sus discípulos en la noche tremenda de la Pascua y es a su vez la base de nuestra fe y nuestra esperanza, y que se resume en la frase definitiva que abre cada comunicación a los hermanos y que yo hoy aquí repito orgulloso con vosotros:

Dios está aquí.

He dicho.    

Discurso de Exaltación de la Eucaristía, organizado por la Hermandad Sacramental del Sagrario, pronunciado en la Capilla Real de la S.I. Catedral de Sevilla el 2 de junio de 2021

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DE INDULTOS Y MANIFESTACIONES

Anda Pablo Casado y todo el Partido Popular tentándose la ropa con la decisión a tomar ante la manifestación convocada en Madrid por la plataforma Unión 78 encabezada por Rosa Díez para el próximo 13 de junio. En principio, y dada la abundante dosis de indignidad que rodea al indulto que ya tiene decidido el Gobierno, podría entenderse como un exceso de prudencia, rayano en la cobardía, ese como ponerse de perfil ante la llamada social a la protesta, no vaya a ser que el hábil realizador de La Sexta coja el plano deseado por Ferreras (me los imagino a los dos, como el entrenador que da instrucciones al jugador antes de saltar al terreno de juego…) y ya tengamos la ansiada imagen de Pablo junto a Santi de aquí al final de la legislatura.

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