TURISMO E HIPOCRESÍA

turismoContrariamente a los que repiten los currículos (también el mío) ni soy deportista ni me gustan demasiado los viajes. No le veo a la gracia a gastarse dos mil euros un fin de semana por muy sugestivo y encantador que sea el destino, para participar en una auténtica gymkana desde primera hora de la mañana andando hasta acabar reventado buscando en la tele de la anodina habitación de hotel la señal de Televisión Española. Todo ello después de visitar el museo de historia natural, el de bellas artes y la catedral con guía incluida, cuando posiblemente en nuestra ciudad haya las mismas y hasta mejores propuestas aunque ni se nos pase por la cabeza echarle una triste mañana. Y no digamos si la compañía aérea es la que usted está pensando, esa donde la atención y el trato al cliente hace tiempo que se fueron por el sumidero de la contratación on line y los costes baratos.

Últimamente se leen y oyen numerosas quejas sobre la presencia creciente de turistas en nuestras calles. Unas, más moderadas, ponen el énfasis en el deterioro urbano y la ocupación abusiva de los espacios públicos: otras, más técnicas, rebajan la euforia del presunto impacto económico que pregonan nuestros políticos para ponerles la alfombra; las últimas se suben a la ola radical y directamente apedrean restaurantes de lujo ante la mirada atónita de los japoneses, señalando al turismo de masas como el último invento del capitalismo salvaje del siglo  XXI. En realidad, el turista muestra aquí el mismo comportamiento que nosotros cuando vamos allí: visita los monumentos más emblemáticos, come la comida típica (típica del turista, quiero decir) en restaurantes céntricos con muchas banderitas y toritos negros, escucha el floclore del lugar donde buenamente le llevan, y regresa sin un euro deseando contar la inolvidable aventura.

No soy el único que ve con preocupación los cambios que el turismo provoca en la fisonomía de los centros urbanos, y los que hemos pasado buena parte de nuestra vida en el casco histórico sabemos mucho de negocios históricos cerrados, iglesias sin alma y flamencas de pega. Pero suena algo hipócrita tirar tantas piedras al mismo tejado mientras no paramos de pedir más vuelos al aeropuerto, reconvertimos nuestros alquileres en apartamentos turísticos y hasta ampliamos las fiestas cuanto sea necesario. A final el cliente, o el turista, siempre lleva la razón.

Columna Paisaje Urbano publicada en Diario de Sevilla el 13 de septiembre de 2017.

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