LA PARADA FANTASMA

tres milLa calle Padre José Sebastián Bandarán es larga y cruza, partiendo en dos, la llamada del Orfebre Cayetano González, para acabar en una rotonda que desemboca en la calle Luis Ortiz Muñoz. En su mitad, más o menos, le sale al paso otra calle con el piadoso nombre de Bendición y Esperanza. Cualquiera diría, por la categoría del nomenclátor, que estamos ante el barrio, si no más capillita, al menos más costumbrista de la ciudad. Pero no, se trata del Polígono Sur, eufemismo urbanista de las Tres Mil, ejemplo de manual de barrio marginal del extrarradio para los geógrafos, eterno problema sin solución para políticos voluntaristas y agujero negro a olvidar para la indiferente mayoría (inclúyaseme en este último).

La semana pasada tuvimos noticia de la decisión, con origen al parecer en la Inspección de Trabajo, de suprimir determinadas paradas de bus de las líneas 31 y 32 localizadas en la parte más problemática del barrio, a causa de actos vandálicos protagonizados por menores al paso de los autobuses. En la foto que ilustra el reportaje, dos señoras mayores esperan sentadas en la parada con el carro de la compra a media mañana en la calle totalmente vacía bajo un sol de invierno, ajenas por completo a la inutilidad de la espera, devenida aquella sin ellas saberlo en una parada fantasma por decisión administrativa.

En el Polígono Sur hay censadas más de 30.000 personas, aunque en realidad lo habitan muchas más. Un barrio de fronteras, físicas y sociales, donde conviven en su mundo paralelo gitanos, payos y una creciente emigración africana. Con un 70% de paro y abandonado no puede tener otra salida que la propia de un gueto a merced de la droga y la marginación. No se trata de justificar las agresiones, ni de obligar a nadie a prestar un servicio sin las mínimas condiciones de seguridad, pero la exclusión social no se arregla con más exclusión, ni los problemas se resuelven simplemente obviándolos.

En la novela Tres Mil Viajes al Sur, su autor y amigo, buen conocedor del barrio, retrata con una dureza melancólica el sentimiento de soledad y abandono de quienes ven pasar la vida desde un muro infranqueable, con el tren como mito de la escapada irrealizable. El autobús no es tan literario, pero cumple hoy la función enorme de acercar la ciudad a tantos como tienen necesidad de ella. Y que, dicho sea de paso, son ciudadanos tan sevillanos como nosotros.

Columna Paisaje Urbano publicada en Diario de Sevilla el 6 de diciembre de 2017.

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